La copa de vino baja con elegancia, como si su comentario no hubiera dejado una grieta en la mesa. Sus palabras quedan suspendidas unos segundos en el aire, como humo que no se disipa. Yo la miro fijo. No entiendo si me está atacando, si está aliviada, o si simplemente está diciendo en voz alta lo que pensaba desde el principio.
—¿A qué te refieres con que no tenemos que fingir que nos caemos bien? —pregunto, con voz tensa.
Alejandro me lanza una mirada rápida, como si no supiera si intervenir o