No sé cómo llegamos tan rápido al último día. Tres días más pasaron volando, como si el tiempo en la playa se moviera en otro ritmo, más caprichoso. Entre caminatas interminables por la orilla, tragos bajo la sombrilla, y largas siestas que comenzaban con besos y terminaban con los pies entrelazados, apenas recordamos que hay un mundo real allá afuera.
Alejandro insistía en que no pensáramos en la vuelta, en el escándalo que nos esperaba en la agencia, en lo que vendría después. Y, por una vez,