Los camareros comienzan a servir las entradas: pequeños platillos adornados con exquisiteces gourmet. Mi mirada se posa en lo que parece ser una combinación artística de mariscos y salsas, como si fuera algo creado por un pintor de la época. Parece lindo y rico a la vista, pero mi estómago no parece muy feliz.
—¡Ah, qué presentación tan encantadora! —exclama María, mirando su plato con admiración.
Alejandro asiente con una sonrisa, pero yo no puedo evitar fruncir el ceño ante el tamaño minúscu