Abro la puerta del baño de golpe y salgo disparada como si me persiguiera el mismísimo demonio.
Mi corazón late descontrolado, mis pulmones arden por la risa contenida y mis piernas tiemblan. Me aferro a la toalla envuelta alrededor de mi cuerpo como si fuera un escudo sagrado y sigo avanzando hasta la habitación, sin atreverme a mirar atrás.
Dios, ¿qué acaba de pasar? No, no, no. No quiero pensarlo. No puedo.
El sonido de la puerta del baño abriéndose nuevamente me hace apretar los ojos con fu