El universo me acaba de bendecir.
Alejandro Monteverde, el hombre que siempre tiene el control, acaba de sonrojarse un poco. No mucho, pero lo suficiente para que yo lo note y lo disfrute.
Me enderezo con calma, estirándome con total dramatismo, disfrutando de la sensación de mis músculos relajados después de su inesperado talento con las manos.
—Tu turno, amor —digo con dulzura exagerada, alzando las cejas.
Alejandro me lanza una mirada fulminante.
—Si crees que voy a gemir como tú, olvídalo.