—Bueno, ya caminamos suficiente. Creo que es un buen momento para sentarnos a tomar algo, ¿no creen? —dice el padre de Alejandro deteniéndose de golpe, con tono entusiasmado.
María asiente con energía y nos mira a Alejandro y a mí con una sonrisa cálida.
—Sí, vengan, hay un bar muy lindo justo aquí cerca.
Alejandro y yo intercambiamos una mirada. Sé que él preferiría seguir caminando hasta perderse en la selva antes que compartir más historias embarazosas, pero negar una invitación de su madre