El aire en la mansión se había vuelto denso, casi irrespirable. Ayleen lo notaba cada vez que caminaba por los pasillos. Las miradas furtivas, las conversaciones que se detenían abruptamente cuando ella aparecía, los susurros que la seguían como sombras. Erika estaba ganando terreno, sembrando dudas como quien esparce veneno en un pozo del que todos beben.
Aquella mañana, mientras se dirigía al comedor principal, escuchó a dos guerreros jóvenes hablando en voz baja.
—¿Y si tiene razón? ¿Y si la