La noche en el bosque era tan clara que parecía hecha de cristal. El cielo, tachonado de estrellas, dejaba caer una luz plateada sobre los árboles, y entre ellos, un claro se abría como un santuario secreto. El aire olía a musgo, tierra viva y promesas no dichas.
Allí, bajo la luna llena, Lía aguardaba.
Vestía solo una capa de piel ligera que apenas cubría su silueta. La marca en su espalda brillaba con un fulgor rítmico, como si respondiera a la presencia de algo —o alguien— que se acercaba. Y