El viento nocturno azotaba el campamento como si presintiera el caos que se avecinaba. La luna, apenas asomando entre las nubes, bañaba el bosque con un resplandor pálido y ominoso. Todo estaba en silencio. Pero era ese silencio tenso, denso, que precede a la tormenta.
Lía no podía dormir. Sentía la marca en su espalda arder como si una brasa se hubiera encendido bajo su piel. No era dolor... era urgencia. Era fuego contenido a punto de estallar.
Kael, tendido a su lado, también parecía inquiet