El viento del sur traía un aroma distinto. Tierra mojada, corteza antigua y algo más profundo, casi indescriptible: una nota agria en el aire que hablaba de secretos por demasiado tiempo enterrados.
Lía se ajustó el abrigo de viaje mientras la comitiva de la Manada del Sur se aproximaba. Eran cuatro guerreros y una mujer anciana envuelta en capas de piel blanca. Caminaban con solemnidad, como si cada paso fuera un ritual.
—Soy Savra, Guardiana de las Cavernas Sagradas —dijo la anciana, sin preá