Vacío despiadado

El consultorio olía a desinfectante. Era un espacio aséptico, impersonal, demasiado blanco. Las paredes lisas parecían repeler cualquier rastro de humanidad, y la lámpara en el techo —grande, circular, con una luz intensamente blanca— brillaba con una crueldad clínica que me hacía entrecerrar los ojos. Había una mesita de acero con instrumentos perfectamente alineados, un escritorio con una pantalla encendida mostrando gráficas y datos médicos, y una estantería con carpetas etiquetadas meticul
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