—¿No vas a saludarme?
Me volví, intentando componer una sonrisa educada… y entonces lo vi. Era el señor canoso de la boda. Pero esta vez había algo distinto en él, como si el ambiente mismo se tensara a su alrededor.
Llevaba gafas oscuras que ocultaban su mirada, aunque no la intención que se adivinaba en la curva de sus labios. Su cabello, entrecano y peinado hacia atrás con precisión casi militar, contrastaba con la informalidad de su atuendo: una camisa ceñida de mangas cortas, que marcaba