El campo se abría ante mí como una postal de ensueño… o una trampa disfrazada de fantasía. La brisa me acariciaba los hombros desnudos mientras cruzábamos un arco cubierto de flores blancas y cintas doradas que ondeaban como suspiros atrapados en el viento. Caminábamos sobre una alfombra roja extendida directamente sobre la hierba, como si alguien hubiese querido cubrir de lujo la crudeza de la tierra.
A cada lado del camino, altos jarrones dorados sostenían ramos enormes de flores frescas: la