—¿No tienes nada mejor que hacer? —pregunté, intentando mantener la voz firme, aunque mis manos se aferraban al volante con fuerza. — Déjanos en paz de una puta vez.
—No, desgraciadamente, no puedo —respondió con una sonrisa envenenada—. No te creas que me complace seguir tus carreras en círculos. Es patético, pero que le voy a hacer. Mi querida suegra considera que esto es importante y yo, como buena esposa que soy, he decidido encargarme de esto para que mi esposo no tenga que hacerlo.
El so