—Te lo dije —susurró, apartando con delicadeza un mechón de cabello que caía sobre mi rostro, y lo deslizó detrás de mi oreja con la yema de los dedos.
—¿Qué cosa?
—Que siempre serías mía…
Solté una risa suave, divertida, y me giré con pereza antes de incorporarme hasta quedar de pie. El aire nocturno rozó mi piel desnuda, provocándome un leve escalofrío.
—¿Dónde está mi ropa? —pregunté mientras me rascaba la cabeza, enredando los dedos entre los mechones revueltos.
—No, así estás perfecta —di