Dos meses habían pasado desde aquel día atroz en que llegué al hospital desfallecida, ensangrentada y con el dolor más agónico que jamás había sentido. Dos meses desde que los médicos corrieron a mi encuentro, gritaban órdenes entre ellos y me empujaban sobre una camilla a través de un pasillo interminable, iluminado por luces blancas que me herían los ojos y el alma. Dos meses desde aquella mañana sin sol, cuando desperté en una cama extraña, con el cuerpo entumecido y el corazón destrozado.