—¡Ya es suficiente! ¡Después de esta maldita noche nos merecemos un trago! —exclamó Amyra, alzando la voz con una mezcla de rabia y agotamiento. Se puso de puntillas frente a la repisa de la cocina, rebuscando entre las botellas hasta dar con una que, según ella, fuera digna de la ocasión.
Destapó el whisky con manos temblorosas y el rostro enrojecido por la frustración. Sirvió dos vasos rebosantes, dejando uno frente a mí con un golpe seco. Bebió el suyo de un solo trago, como si esperara que