—No, no me gusta.—¿Por qué?
—No sé… algo se siente extraño.
—No hay nada extraño. Al contrario, estoy feliz. ¡Deberías estar feliz por mí! —le lancé la toalla húmeda desde la cocina.
Amyra sonrió con agilidad, atrapándola antes de que pudiera darle en el rostro.
—No me fío de ellos. De ninguno de ellos.
—Darian no es como ellos.
—¿Y cómo podrías saber eso?
—Llevamos más de un mes viviendo juntos. Durmiendo juntos. He visto la clase de hombre que es. Ha cumplido todas sus promesas, y no ha hecho