Cuando Amyra llegó, yo estaba escondida en mi oficina del bar. Un lugar que rara vez pisaba. Olía a cerveza rancia y la madera del escritorio parecía eternamente pegajosa, sin importar cuántas veces la limpiara.
—¿Qué haces aquí? —preguntó al asomar la cabeza.
—Cierra la puerta —le ordené, sin girarme.
—Uy, cuánto misterio... Creí que tenías a alguien que se encargaba de las cuentas en este antro.
—Amyra…
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te roben los millones?
—¡Te dije que cierres la maldita