La terraza estaba sumida en penumbras, apenas iluminada por el débil resplandor anaranjado de una farola lejana. El aire fresco de la madrugada olía a tierra húmeda y hojas mojadas. Desde algún lugar, se escuchaba el canto aislado de un grillo, rompiendo el silencio pesado de la noche.
— ¿Fumas? —preguntó él, con una media sonrisa, su voz grave y algo ronca por el sueño o el frío.
— No. —respondí, sin mirarlo, dejando que la ceniza del cigarro se acumulara en el borde del cenicero.
— ¿Y qué ha