Me puse de pie y giré muy despacio, casi suplicando que mi certeza fuera errónea, que aquella voz que creía reconocer no perteneciera a quien temía. Rogaba en silencio que la tierra se abriera bajo mis pies y me tragara entera.
—No —susurré, desprovista de toda la fuerza y el atrevimiento que antes me desbordaban.
—Sí —afirmó él.
Y cuando lo miré a la cara, descubrí que estaba sonriendo.
—No —repetí, esta vez con un hilo de voz, y apresuré el paso, procurando mantenerme lo más lejos posible de