Capítulo 98.
El cansancio me pesaba como una piedra en el pecho. Sabía que tenía que comer, aunque el hambre no estuviera ahí.
Una loba de la manada me acercó un trozo de carne que sacó de su cabaña. No podíamos ir a cazar; aún era peligroso. Si los humanos regresaban buscando a los suyos, no podíamos darnos el lujo de perder más lobos.
Tomé el pedazo con manos temblorosas. Masticar se sintió como un esfuerzo gigantesco. La carne sabía a ceniza, no por su cocción, sino por el peso de lo que acabábamos de v