Capítulo 58.
Los aullidos de bienvenida aún resonaban cuando distinguí un grupo de rostros familiares entre la multitud de cachorros.
El corazón me dio un brinco.
—¡Theo! —corrí hacia mi hermano menor, que me recibió con una sonrisa ancha y un abrazo de oso.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo veía.
—Te ves… diferente. Y hueles raro, como a bichos recién sacados de la tierra.
—Y tú igual de molesto —repliqué, aunque la alegría me calentaba el pecho.
Detrás de él llegaron n