Capítulo 57.
Nuestra carta solo eran palabras de amor de nuestros padres.
Escuchamos al Lobo Blanco gruñir apenas terminó de leer la carta que Cleo le había entregado.
Su expresión pasó de la calma habitual a una mezcla entre fastidio y pura incredulidad.
—¿Acaso tengo cara de niñera o mi territorio parece un campamento para cachorros? —bufó, las orejas hacia atrás.
Volvió a gruñir y a mascullar palabras ininteligibles que sonaron sospechosamente a maldiciones.
Parpadeé, confundida.
—¿Qué…? ¿De qué hablas?