Capítulo 123.
El tiempo me sabía a arena resbalándose entre los dedos mientras avanzaba a ras del suelo, pegado a las sombras, respirando solo lo indispensable.
Maldito Alfa.
Ese miserable me la había arrebatado una vez.
No volvería a ocurrir.
Me deslicé hacia la primera formación rocosa apenas llegué a la llanura seca. Desde la distancia parecía un refugio sólido; de cerca solo eran rocas amontonadas que ofrecían pequeñas cuevas donde un lobo podía descansar. Y, efectivamente, allí estaban. Dos lobos tirados al sol, dormidos como si su existencia no fuera un insulto. Casi podía escuchar sus ronquidos perezosos.
Me moví sin hacer ruido, bordeando el grupo de rocas como si mis huesos fueran de humo. No valía la pena detenerme. No eran mi objetivo.
El segundo, tercer y cuarto grupo eran una copia del primero: cuerpos tirados, guardias que no sabían lo que era vigilar, machos cuya pereza olía más fuerte que su sudor. Cada uno de ellos respirando sin la más mínima sospecha de que el fin se acercaba de