Capítulo 123.
El tiempo me sabía a arena resbalándose entre los dedos mientras avanzaba a ras del suelo, pegado a las sombras, respirando solo lo indispensable.
Maldito Alfa.
Ese miserable me la había arrebatado una vez.
No volvería a ocurrir.
Me deslicé hacia la primera formación rocosa apenas llegué a la llanura seca. Desde la distancia parecía un refugio sólido; de cerca solo eran rocas amontonadas que ofrecían pequeñas cuevas donde un lobo podía descansar. Y, efectivamente, allí estaban. Dos lobos tirad