Capítulo 124.
Curiosamente, el agua en esta parte del continente no era helada. No diría que fuera cálida tampoco, pero sí tenía una temperatura agradable en comparación con los ríos de nuestras tierras. La bolsa que Ef me dio flotaba a mi lado silenciosamente mientras nos acercábamos a una costa tranquila. Una que, lamentablemente, dejó de serlo porque, para nuestra mala suerte, un grupo de lobos se encontraba pescando en la orilla. Mamá y yo los escuchamos mucho antes de verlos.
Mamá maldijo por lo bajo y ordenó salir del agua.
—No tiene caso seguir más adelante porque nos verían venir y darían la alarma —susurró con fastidio, observando de reojo a los lobos que no eran de nuestra manada—. Además, me parece que algunos ya no pueden seguir.
Los que se habían ofrecido con tanta seguridad jadeaban tratando de mantenerse a flote. La diferencia entre un buen nadador y un lobo entrenado por papá era evidente.
—Atacaremos desde aquí —continuó mamá—. Nos dividiremos para cubrir toda la costa y que nadie