El silencio que siguió a la orden de Lucian fue más pesado que el estruendo de la batalla que rugía a pocos metros, en el jardín. En el umbral de la mansión Azuleja, el tiempo parecía haberse detenido. Lucian, el Alfa legítimo de esa tierra, permanecía como una estatua de carne, sangre y furia. Su torso desnudo era un mapa de la carnicería que acababa de ocurrir afuera: cortes de hachas de plata que se negaban a cerrar del todo, marcas de colmillos de los lobos dopados de la Secta y una capa de sudor que hacía brillar su piel bajo la luz de la luna.
Daren Kirk no soltó a Alana. Al contrario, enredó sus dedos con más fuerza en el cabello de la joven, obligándola a arquear la espalda mientras ella soltaba un gemido de puro dolor. Daren miró a Lucian de arriba abajo, deteniéndose en las heridas que Veer le había infligido.
—Mírate, Lucian —dijo Daren, y su voz, a pesar del agujero que aún supuraba en su cuello donde Lena lo había apuñalado, era clara y cortante—. Has luchado como un anim