El silencio que siguió a la orden de Lucian fue más pesado que el estruendo de la batalla que rugía a pocos metros, en el jardín. En el umbral de la mansión Azuleja, el tiempo parecía haberse detenido. Lucian, el Alfa legítimo de esa tierra, permanecía como una estatua de carne, sangre y furia. Su torso desnudo era un mapa de la carnicería que acababa de ocurrir afuera: cortes de hachas de plata que se negaban a cerrar del todo, marcas de colmillos de los lobos dopados de la Secta y una capa de