El niño seguía mirándolo con terror desde la nieve, respirando de forma entrecortada, con los ojos abiertos de par en par y el cuerpo temblando como si tuviera enfrente a una criatura salida de una pesadilla. No parecía estar mintiendo. No parecía intentar manipularlo. Su miedo era demasiado limpio, demasiado real, y eso fue precisamente lo que hizo que el pecho de Lucian comenzara a cerrarse con una presión insoportable.
—Tus ojos brillaban rojos cuando los despedazaste —había dicho el niño.
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