Lucian seguía observando las ruinas de Sombra de Hierro mientras intentaba procesar todo lo que Ezequiel acababa de decirle. La nieve caía sobre los restos del territorio enemigo con una calma ofensiva, cubriendo poco a poco las manchas de sangre vieja, los trozos de madera quemada y las marcas profundas que habían quedado sobre la piedra. El viento arrastraba el olor de la muerte entre los árboles y, aunque no había cuerpos a la vista, Lucian podía sentir que aquel lugar había sido arrasado de