La casa estaba silenciosa cuando subimos a la habitación.
Eiden cerró la puerta detrás de nosotros y apoyó la espalda en ella, como si necesitara un segundo para respirar.
Yo me senté en la cama. Pasé las manos por mis muslos y luego por mi vientre.
No tenía hambre. Ni sueño.
Eiden lo notó.
—No puedes seguir así —dijo—. Te va a hacer daño. No es bueno para ti, ni para el bebé que queiras echarte encima el mundo.
—No estoy haciendo nada.—repuse.—El hecho de que me preocupe...
—Estás pensando de