La gran sala era un pozo de desconfianza. Las mesas de madera estaban arrinconadas. Un círculo de diez Alfas de distintos territorios nos rodeaba, todos de pie, todos mirando las grietas del suelo. El aire, frío y estancado, olía a cuero viejo y a miedo sin disimular.
Yo estaba en el centro, cerca de la chimenea apagada, sintiendo el peso de cada mirada. No era un Alfa. No tenía territorio propio. Solo llevaba el apellido de mi padre, y Vael ni siquiera seguía con vida, cuyo asiento estaba dol