Aeryn guardó silencio.
No por miedo, sino por estrategia. No confrontó a Darien. No mencionó su sospecha ni su certeza. Se limitó a observarlo. Cada gesto, cada palabra, cada excusa disfrazada de preocupación.
Lo conocía. Lo amaba.
Y por eso, también sabía cuándo mentía, aunque no dijera ni una sola palabra falsa.
Durante cinco días se mantuvo distante. Evitó sus caricias. Se escabulló de sus abrazos con justificaciones suaves: “Estoy cansada. Me duele la cabeza. Necesito meditar.” Y cada