Capítulo 53.

La puerta se abrió de nuevo y, por instinto, mis músculos se tensaron tanto que la herida del brazo me dio un latigazo de dolor. Me puse en alerta máxima con los pelos de la nuca erizados.

No era por el aroma sino por la presencia que emanaba. Era el abuelo de Nicolás, el patriarca de los Montesco.

A pesar de mi miedo, él no entró como un conquistador. Se detuvo a una distancia prudente, manteniendo un espacio que mi instinto Omega agradeció en medio del caos.

Su rostro, surcado por las arrugas
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