Capítulo 48.

El aire en el pequeño elevador se volvió denso, casi sólido. El forcejeo era inútil; mis manos empujaban su pecho firme, pero era como intentar mover una montaña. Fue entonces cuando sentí esa presión invisible: Nicolás empezó a liberar sus feromonas, un aroma a tormenta y poder que se volvió tan opresivo que sentí que el oxígeno desaparecía. Mis pulmones ardían, no solo por el esfuerzo sino por la carga alfa que llenaba el espacio, reclamando sumisión.

—Nicolás... no puedo... no puedo respirar
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