Pasaron casi dos días en los que el tiempo se dilató entre el frío del mármol y los fragmentos de cristal. Cuando finalmente escuché el chirrido de la llave, me puse de pie con la dignidad que me quedaba ajustándome la máscara sobre la mancha, que ahora se sentía extrañamente tranquila, como si hubiera aceptado su nuevo tamaño.
Salí de la habitación con la mirada baja, fingiendo esa sumisión que mi madrastra tanto amaba.
— He recapacitado — mentí, con la voz pastosa por la sed — Tienen razón. S