Sentía que el cuerpo me pesaba una tonelada. El agotamiento de la cena desastrosa con Elías, la adrenalina de la huida y la carga emocional de mi confesión se habían unido para dejarme sin fuerzas. Pero ahí estaba Nicolás, aferrado a mí como si fuera su ancla en medio de una tormenta, con una energía que no tenía ningún sentido para alguien que acababa de colapsar hace unas horas.
— Eres un estúpido, ¿lo sabías? — murmuré, tratando de zafarme de su abrazo, aunque mis brazos apenas me respondían