57.

El silencio en mi habitación era tan denso que podía escuchar el tictac de mi propio corazón, golpeando contra mis costillas como un animal enjaulado. Me acerqué a la ventana, moviendo la cortina apenas unos milímetros. Allí estaba él.

Nicolás no se movía. No era una figura humana esperando a alguien; era un monumento a la obsesión, una sombra perfecta recortada contra la luz amarillenta de la farola.

Su presencia en la acera de enfrente parecía congelar el tiempo.

No había coche, no había esco
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