Capítulo 40. El secuestro.
El atardecer caía como una herida abierta sobre la ciudad. El cielo, teñido de rojo y púrpura, parecía anunciar una tragedia. Emilia no había probado bocado desde la mañana. Estaba de pie frente a la ventana del estudio, con los brazos cruzados, el celular en la mano y una sensación persistente en el estómago que no lograba sacudirse. Algo no estaba bien.
Iván se había llevado a Julián dos días antes. “Una finca segura”, le había dicho. “Sin señal, sin ojos, sin amenazas.” Emilia había accedido