Capítulo 14. El nombre que no existe.
La madrugada caía sobre Bogotá como un sudario húmedo. En una habitación de hotel del norte de la ciudad, Iván se vestía lentamente, de espaldas a Emilia, mientras el reflejo del cuerpo desnudo de ella lo observaba desde el espejo con una mezcla de deseo y sospecha.
Ella no dijo nada. Solo lo siguió con la mirada. Ya no era la ansiedad del amante lo que la guiaba, sino la intuición de la viuda que había aprendido a leer el lenguaje de las omisiones.
—No te vas a quedar —dijo ella por fin.
—Teng