Lo estaba logrando.
Ariadna sostenía el billete entre sus dedos temblorosos mientras buscaba un asiento en el tren.
Su respiración era acelerada, y un sudor frío recorría su nuca. Había elegido el destino al azar: Sorena, una ciudad vecina donde esperaba encontrar un lugar para esconderse y comenzar de nuevo temporalmente hasta tener un plan más sólido.
Con el dinero que Maximiliano le había dado, estaba decidida a escapar de su padre y evitar que su bebé quedara atrapado en el juego de poder d