Ariadna despertó bastante tempano esa mañana, el silencio de la casa envolviéndola como una manta demasiado pesada.
Era temprano, el reloj marcando apenas las siete, y lo primero que hizo fue estirar la mano hacia el teléfono en la mesita de noche. La pantalla estaba vacía de notificaciones, ningún mensaje, ninguna llamada. El texto que le había enviado a Víctor la noche anterior seguía sin respuesta, y un nudo se le formó en el estómago mientras lo miraba. Quería pensar que ese no era su númer