Debajo del árbol, una montaña de regalos envueltos en papel rojo y dorado esperaba, y en el centro de la escena, un Santa Claus algo torpe se ajustaba la barba blanca con una mano mientras sostenía un saco con la otra.
Era Maximiliano metido en un disfraz alquilado que le quedaba un poco grande: el traje rojo colgaba flojo en los hombros, la panza postiza se ladeaba bajo el cinturón negro, y las botas le hacían tropezar con cada paso. Su novia, una morena risueña con el móvil en la mano, grabab