El silencio en la habitación 412 era un peso tangible, roto solo por los sollozos entrecortados de Maximiliano y el llanto tembloroso de Ariadna.
Sus palabras habían cortado como dardos directo al corazón, cada verdad un filo que abría heridas viejas y nuevas, pero ahora, tras el grito de "eres igual a mi padre", algo cambió. Ariadna respiró hondo, el pecho subiéndole y bajándole con esfuerzo mientras se pasaba las manos por las mejillas, secándose las lágrimas con dedos temblorosos. Maximilian