Ambos se miraban fijamente. Margaret n conseguía decir palabra alguna mientras Félix abrazaba su oso de peluche, perceptiblemente asustado.
—Y…yo soy tu tía —. Se atrevió a decir con gran esfuerzo.
El niño bajó la vista. Subió las piernas al asiento del coche y enterró el rostro entre las.todillas clavando sus uñas con fuerza en el oso carmelita.
— Está bien cariño. Yo siento lo mismo, pero te mantendré a salvó hasta que tu madre regrese.
La frase dejó un sabor amargo en su boca y Margaret a