—Mierda —escuché la maldición de Nate—. Tranquila, te llevaré con el doctor de la manada y...
—Yo puedo curarla —se ofreció mi mellizo, con algo de timidez. Nos había seguido de cerca, sin atreverse a separarse de mí.
—No vas a tocarla —negó firmemente.
—¿Prefieres que sufra? Puedo curarla en unos minutos, no seas imbécil.
—¿Cómo me has llamado? —preguntó con indignación.
—Te llamó imbécil —reí, un poco mareada—. Está bien, eres un poco tonto, pero así te quiero.
—¿Está drogada? —las voces se d