De nuevo estaba en el bosque, sola en la oscuridad, corriendo por mi vida, sin poder defender a los que se quedaban atrás.
La primera vez me salvó mi hermano, a costa de su propia vida. ¿Quién pagaría el precio esta vez por salvarme?
No.
No era tiempo de huir.
Giré mis pies en dirección a la manada. No temía perderme, sabía exactamente por donde llegar. Mi daga quemó en mi manga, como un recordatorio de que no estaba sola.
Era un obsequio de mi madre. La daga jamás me cortaría, pero se encargar