El carruaje me dejó en la entrada de la mansión de mi tía con el corazón aún bailando al ritmo de la noche. Subí las escaleras hacia mi habitación con la sonrisa más tonta que había tenido en toda mi vida pegada a mi rostro. No sabía cómo borrarla; ni quería. Mis mejillas me dolían de tanto reír, de tanto susurrar promesas en la penumbra del carruaje con Harry, de tanto planear un futuro que, por fin, parecía brillante y propio.
Esa sensación… no la había sentido nunca. No solo era la euforia,