El salón de la mansión Sladofr estaba en silencio, un silencio cargado y expectante que hacía que cada tictac del gran reloj de péndulo resonara como un latido de la casa misma. Yo estaba de pie junto a la chimenea, donde unas brasas agonizantes titilaban con un calor tenue, incapaces de disipar el frío que se me había instalado en los huesos.
Esperaba. Esperaba a Harry. Esperaba la confirmación de lo que mi corazón ya presentía como una pérdida terrible e inminente. La Condesa, esa mujer de hi