Verlo partir del brazo de Clara Thorne hacia la biblioteca me dejó un sabor amargo en la boca. Cada segundo que pasaba sentía cómo una extraña inquietud crecía en mi pecho, como si algo se hubiera torcido para siempre. Me obligué a mantener una sonrisa social, a intercuchar palabras vacías con las otras damas, pero mi mente estaba allí, en la biblioteca de la Condesa, imaginando escenas que me provocaban un inexplicable ardor en las mejillas y una punzada de... ¿celos? No, no podía ser. Harry e