La puerta se abrió, y su silueta llenó el marco. Harry se quedó allí un momento, observando la escena: yo sentada en el suelo de su habitación, con mi vestido de té extendido como un charco azul pálido, acariciando a su cachorro que ahora mordisqueaba juguetonamente los volantes de mi manga.
No hubo sorpresa en su rostro. Solo esa mirada lenta, calculadora, que ya empezaba a reconocer demasiado bien.
—Veo que has encontrado a mi pequeño huésped —dijo, cerrando la puerta tras de sí con un suave